La 'tecnologización' puesta en su sitio, por Luis Alberto


Desde hace años venimos descubriendo, casi a diario, que las novedades en educación dejan de serlo muy pronto. Metodologías que eran consideradas 'el no va más' en innovación educativa, pasan a ser en poco tiempo didácticas inútiles o anticuadas; materiales y herramientas tecnológicas encumbradas -por algunos 'gurús' de la educación- como el medio definitivo para desarrollar las capacidades de nuestros alumnos, acumulan ahora polvo en los desvanes de muchos colegios... Sustituidas de un modo cíclico por otros tantos trastos que intentarán subsanar, 'definitivamente', los problemas que no supieron encauzar sus predecesores.

Es cierto que la mayor parte de estas medidas revalorizan  la calidad de la enseñanza, incluso de un modo muy efectivo. Sin ir más lejos, el uso del iPad ha supuesto una reforma palaciega en la
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dinámica diaria de nuestras aulas, y  se muestra como uno de esos elementos educativos que han llegado para quedarse. Pero los maestros somos, muy probablemente, quienes experimentamos un mayor desapego ante todos aquellos parches que -en demasiadas ocasiones, desde un marco externo a la educación- se erigen para remendar los descosidos del sistema educativo.

Con demasiada frecuencia se confunden las herramientas con el resultado, como si el empleo de los mejores pinceles y los más finos óleos bastasen para dotar de vida al lienzo. Hasta el más novel de los artistas comprende que, en última instancia, es el dominio de la técnica pictórica, y no la calidad de los materiales empleados, lo que otorga verdadera belleza al cuadro. Del mismo modo, los maestros entienden que ciertas prácticas suponen el fundamento de su labor, mientras que otros elementos -pasajeros o accesorios- serán considerados convenientes siempre y cuando faciliten dichas prácticas.

Pero, ¿cuáles son aquellos elementos imprescindibles para el buen desarrollo de la actividad educativa? Si nos centramos realmente en los fundamentales, diría que tres: una educación personalizada -basada en los intereses, motivaciones y necesidades de cada estudiante-, una planificación educativa que vaya más allá del horario escolar y, por tanto, coordinada con las familias de nuestros alumnos, y una formación constante y actualizada del profesorado, motivada por la ilusión de ser cada día mejor maestro.


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