Evaluación entre iguales: el día que cambió mi vida... Por la bronca de un niño de 6 años

Creo que, en esto de redactar en el blog -y diría que en casi todo- debemos predicar antes con el ejemplo. Por ello, seré el primero en daros la bienvenida con una entrañable historia, y el último que os despedirá a final de curso.



Hay un aspecto, quizás muy relacionado con ese pensamiento de 'dar ejemplo',  al que suelo dar vueltas...  Y es que, como maestros, cuesta pensar que podamos serlo realmente de muchos aspectos. Sin embargo, la experiencia -o conocimiento que confiere el propio devenir del tiempo- nos ha permitido comprobar que pocas cosas pueden ayudarte más a cambiar que el ejemplo de un amigo verdadero. 

Esta historia es personal. Quizás, demasiado personal. Vuestros chicos la conocen de memoria, y he pensado que podría ayudarme a explicar alguno de los metodos que usamos en clase para trabajar. Pero antes, he de empezar por el principio...


Cuando era estudiante de segundo de primaria recibí una de las mayores lecciones de mi vida. Tal fue la repercusión que tuvo en mí carácter -por naturaleza extrovertido- que me pase una semana sonrojado y encerrado en mi 'caparazón'... Hasta que decidí aceptar que yo no era perfecto y me atreví empezar de nuevo.



No fue mi padre el que me propino aquella reprimenda que cambiaría, para siempre, la visión que tenia sobre algunos dones que poseo. Ni siquiera lo hizo mi maestro. Por aquel entonces -junto con mi madre y mis hermanos- ellos eran los únicos espejos en los que  reflejaba mi modo de actuar. La persona que dejó en mi una huella indeleble era un compañero... Un niño de 6 años al que debo, en gran parte, mi vocación de maestro.

En aquellos días, y siempre que los maestros devolvían los exámenes corregidos, yo procuraba que todos supieran 'que había vuelto a sacar un estupendo sobresaliente'. Además, corría al lugar en que se sentaban otros 'empollones' para ver quien había sacado mejor nota. Solía ganarles. Excepto a uno. 

Bueno... Tampoco lo sabía con certeza, ya que nunca dejaba que nadie viera su nota. Cuando el maestro le llamaba acudía tranquilo, sin correr como hacíamos el resto,  miraba el examen y se lo guardaba en el bolsillo.

Con el tiempo supe que nunca bajaba del diez.

Si me hubiera importado algo más que alimentar mi estúpida soberbia de crío inmaduro, habría notado, además, que Paco -así se llamaba- se sentaba siempre con chicos que necesitaban ayuda extra con los estudios. Y no era casualidad, ya que esta disposición respondía a una decisión muy personal. Al finalizar la clase, se alejaba con su compañero a cualquier rincón y le ayudaba a corregir su examen. Le daba igual que necesitase uno, dos o tres recreos: no paraba hasta que el más pequeño de los conceptos había quedado esculpido en la mente de su amigo.



¡Que distintas eran nuestras conductas! Mi examen podía pasarse sobre el pupitre lo que restaba de día;  y en las pocas ocasiones en que recibía una nota inferior a la habitual, me encargaba de que todo el mundo supiese lo injusto que era D. 'tal' corrigiendo. Pero un día en el que me había pasado la hora correteando por el aula y enseñando a los demás la fabulosa -e intranscendente- nota de mi examen, Paco se me acerco al finalizar la clase. Solo me dijo una frase, que con el tiempo se convertiría en la semilla de una inquebrantable amistad que todavía hoy conservo:

"Luis... ¿Hay algo, de entre todas aquellas cosas que se te dan bien, que no te haya sido regalado?

En aquel momento no entendí el significado de la frase en sí, pero Paco no era -ni será nunca- persona de muchas palabras. Quizás por ello, cuando decía algo el tiempo se paraba... Aunque en esta ocasión, el único reloj que dejo de avanzar fue el mío. Mi madre me explicó esa misma tarde, y como pudo, lo que significaban aquellas palabras tan extrañas. Todavía, a día de hoy,  no entiendo bien cómo consiguió grabarse una idea, tan compleja y sencilla al mismo tiempo, en mi cabeza: que mis dones no eran para mí. Alguien los había puesto ahí y, de algún modo que no alcanzaba a comprender, sería muy injusto si -a su vez- no los regalaba a quienes -siendo en cualquer otro aspecto mucho mejores de lo que jamás llegaría a ser yo- no habían tenido tanta suerte.





(Continuará...)

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